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Viajar por mar en la antigüedad

En la antigüedad, y de hecho hasta tiempos bastante recientes, no existían naves dedicadas al tráfico marítimo de pasajeros, las naves estaban dedicadas principalmente al transporte de mercancías y los pasajeros eran solo algo incidental, por lo que uno tenia que dirigirse al muelle a buscar una nave de carga que zarpara con destino al puerto al que deseáramos llegar y negociar el pasaje con el magister navis o el mismo propietario si la nave era pequeña. En Ostia, el puerto de Roma, existía una plaza con oficinas donde se agrupaban los embarcadores de distintos puertos, una de los embarcadores de Cartago, una de los de Narbona, una de los de Cerdeña, etc. Solo tenías que dirigirte a la oficina correcta y preguntar.

Mosaico de un barco en la ciudad de Ostia
Mosaico de un barco en la ciudad de Ostia

Una vez acordado el pasaje, el siguiente paso era obtener visa de salida de las autoridades para lo cual se tenia que pagar la correspondiente tasa que variaba en función de la ocupación del solicitante.
Cuando se acercaba la fecha de embarque, el viajero debía trasladarse con sus pertenencias y sirvientes a un alojamiento cercano al puerto a la espera de que un heraldo anunciase la salida definitiva de la nave una vez los vientos y los presagios fueran favorables.
Los presagios eran un asunto muy importante en la antigüedad, más aun en entre los marineros. Para empezar, había días en que los negocios estaban prohibidos por motivos religiosos, y eso incluía la partida de un buque. También se solía realizar un sacrificio antes de la partida y se escudriñaba el futuro en las vísceras del animal. Si los presagios no eran favorables se aplazaba la partida. Una sueño en el que aparecieran cabras de color negro, un cuervo posándose graznando en el mástil del buque, un accidente en el momento de embarcar, todos eran tomados como malos presagios y motivos justificados de aplazamiento de la partida del buque.

Una vez se ha zarpado, las distracciones a bordo no son demasiadas. Las personas más acomodadas son instaladas en una silla a la popa del buque y pueden charlar con el timonel o leer, el resto deben conformarse con ver el mar u observar las labores de los marineros. En caso de tormenta, todos, marineros y pasaje, son puestos a trabajar ya que la alternativa a permanecer a flote es la muerte, dado que no existe medio alguno de salvamento.
Las naves no ofrecían servicios a bordo. Las tripulaciones solo atendían a la nave y su carga por lo que los pasajeros debían embarcar su propia comida y agua, y aquellos que desearan servicio, embarcar a sus sirvientes para que les atendiera. El pasaje raramente incluía el uso de una cabina ya que solo los buques más grandes disponían de alguna y se reservaban a los pasajeros más ricos e importantes. La mayoría de los pasajeros dormía en la cubierta bajo un toldo que los marineros montaban por la noche y desmontaban por la mañana. Durante el viaje tenias derecho a usar la cocina para preparar tu propia comida después del turno de los marineros.

Fuente: Travel in the ancient world, Lionel Casson.